Pintando las trincheras.
"Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra". José Martí
martes, 13 de agosto de 2024
sábado, 26 de enero de 2019
Visita a las trincheras
La última entrada de este blog, la que anunciaba el cierre de esta trinchera con motivo de mi jubilación ocurrió hace cinco años.
Hoy vuelvo a visitarla. Y la encuentro arrasada. Ahí están los testimonios escritos de tantas batallas, de tantos logros y tantas derrotas.
Pero los últimos años han sido demoledores.
Achicaron presupuestos, cerraron escuelas, empobrecieron al pueblo, trataron de embrutecerlo con los medios, de quitarle la palabra, de lastimarle la piel y el lenguaje, de quitarle empoderamiento.
Desde que dejé de escribir en este blog hasta ahora arrasaron la trinchera. Muchos retrocedieron para mejorar las posiciones, para seguir dando batalla, para defender la palabra, la dignidad, los derechos.
Yo ya no estoy en esta trinchera. Doy la batalla desde otro lado. El cuento, la narración, el grito en la calle que , tímidamente, protesta.
Son tiempos de saqueo. Mi trinchera ha sido pisoteada. Pero ahí queda como testimonio.
¿Vos estás todavía ahí? ¿Estás peleando en tu trinchera? Hacémelo saber.
Hoy vuelvo a visitarla. Y la encuentro arrasada. Ahí están los testimonios escritos de tantas batallas, de tantos logros y tantas derrotas.
Pero los últimos años han sido demoledores.
Achicaron presupuestos, cerraron escuelas, empobrecieron al pueblo, trataron de embrutecerlo con los medios, de quitarle la palabra, de lastimarle la piel y el lenguaje, de quitarle empoderamiento.
Desde que dejé de escribir en este blog hasta ahora arrasaron la trinchera. Muchos retrocedieron para mejorar las posiciones, para seguir dando batalla, para defender la palabra, la dignidad, los derechos.
Yo ya no estoy en esta trinchera. Doy la batalla desde otro lado. El cuento, la narración, el grito en la calle que , tímidamente, protesta.
Son tiempos de saqueo. Mi trinchera ha sido pisoteada. Pero ahí queda como testimonio.
¿Vos estás todavía ahí? ¿Estás peleando en tu trinchera? Hacémelo saber.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Ultima entrada desde maestros de trincheras
Se acabó.
Este es un blog que he querido mucho y que tuvo mucha participación de amigos y desconocidos.
Nos hemos comunicado. He despotricado contra el gobierno de Macri pero también conté lo que hablé con el mar cuando fui a la playa. He combatido y he relatado, recibí caricias y palos por lo escrito.
Me tomó diez meses saber que ya no estoy en las trincheras de la docencia. Que es el motivo de la existencia de este blog. Tuvo que pasar casi todo mi primer año de jubilado para saber que ya no soy maestro. Ya se eso de que uno nunca deja de ser maestro en su interior como aquello de que todos tenemos un niño en un rincón del corazón. Pero son solo expresiones de deseo. Las cosas empiezan y terminan. Y está bueno. Porque cuando termina algo suele empezar otra cosa. Y mi vida de maestro terminó hace diez meses. Y en la querida escuela 19 a la que extrañé (salvo cuando eran las ocho y media de la mañana y seguía remoloneando en la cama ).
Ahora quiero darle más espacio al escritor y al narrador y sobre todo al lector. Borges decía que no se enorgullecía de los libros que había escrito pero sí de los que había leído. Yo me enorgullezco de las dos cosas. Y se que tengo tanto para leer. Para escribir. Para narrar. Por eso los invito a seguir el blog www.cuentaescribecuentos.blogspot.com
Este que hoy cierro quedará colgando en internet para el que lo quiera leer pero ya no tendrá más entradas.
Quizás alguna vez pueda ser la base de algún libro, quién sabe. Maestros de Trinchera es un buen título.
Gracias por todo lo que compartimos desde estas trincheras. Y a los que siguen dentro de ellas, a continuar el combate, que vale la alegría.
Este es un blog que he querido mucho y que tuvo mucha participación de amigos y desconocidos.
Nos hemos comunicado. He despotricado contra el gobierno de Macri pero también conté lo que hablé con el mar cuando fui a la playa. He combatido y he relatado, recibí caricias y palos por lo escrito.
Me tomó diez meses saber que ya no estoy en las trincheras de la docencia. Que es el motivo de la existencia de este blog. Tuvo que pasar casi todo mi primer año de jubilado para saber que ya no soy maestro. Ya se eso de que uno nunca deja de ser maestro en su interior como aquello de que todos tenemos un niño en un rincón del corazón. Pero son solo expresiones de deseo. Las cosas empiezan y terminan. Y está bueno. Porque cuando termina algo suele empezar otra cosa. Y mi vida de maestro terminó hace diez meses. Y en la querida escuela 19 a la que extrañé (salvo cuando eran las ocho y media de la mañana y seguía remoloneando en la cama ).
Ahora quiero darle más espacio al escritor y al narrador y sobre todo al lector. Borges decía que no se enorgullecía de los libros que había escrito pero sí de los que había leído. Yo me enorgullezco de las dos cosas. Y se que tengo tanto para leer. Para escribir. Para narrar. Por eso los invito a seguir el blog www.cuentaescribecuentos.blogspot.com
Este que hoy cierro quedará colgando en internet para el que lo quiera leer pero ya no tendrá más entradas.
Quizás alguna vez pueda ser la base de algún libro, quién sabe. Maestros de Trinchera es un buen título.
Gracias por todo lo que compartimos desde estas trincheras. Y a los que siguen dentro de ellas, a continuar el combate, que vale la alegría.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Me olvidé algo en Julián Alvarez
Hace tres meses me mudé a un barrio donde, los primeros días, sentí que había dejado olvidado algo en mi casa anterior. No sabía que era, pero revolvía los paquetes y los bolsos. No sabía que buscaba pero tenía la certeza que algo había dejado en el departamento de Julián Alvarez y Gascón.
Era imposible, porque había recorrido el lugar minuciosamente al entregarlo al propietario.
De todas maneras, pasaban los días y la certeza era cada vez más grande. Algo había quedado en Palermo.
Como ocurre en estos casos cuando dejé de buscar descubrí lo que faltaba.
Una mañana, una fresca y agradable mañana de septiembre, al despertarme y disfrutando un rato más del mediosueño que antecede al momento de levantarse, no escuché lo que escuchaba en mi casa anterior.
Mis oídos se habían acostumbrado a los bocinazos, rugidos de los motores de tres líneas de colectivos, y las puteadas de los autmovilistas que giraban sin sentido en la extraña rotonda que el gobierno de la ciudad había construido bajo mi ventana. Ahora todos esos ruidos estaban ausentes.
En esa mañanita de septiembre, un fresco silencio se matizaba con el canto de algún pájaro y el lejano ladrido de un perro que seguramente reclamaba su desayuno.
Me inquieté cuando noté que mis oídos extrañaban aquel barullo y pensé que tendría que reeducarlos para que gustaran de ese silencio que muchas veces se hace insoportable para el que no está acostumbrado a convivir con él.
Y pensé en el porteño medio, que ya ha naturalizado vivir en el caos de una ciudad turbulenta, histèrica, ruidosa y agresiva. Encima cuando quiere huir de ella por un rato termina embotellado en una ruta que va a la costa o al Tigre.
Por suerte, mis oídos ya están comenzando a disfrutar los atardeceres en el balcón de mi nueva casa. Es que si uno aprende a escuchar, el silencio no es ausencia de ruido, sino música quieta, melodía inmóvil, disfrute sonoro. Y el sonido del silencio es una de las mejores caricias que le podemos dar al alma.
Era imposible, porque había recorrido el lugar minuciosamente al entregarlo al propietario.
De todas maneras, pasaban los días y la certeza era cada vez más grande. Algo había quedado en Palermo.
Como ocurre en estos casos cuando dejé de buscar descubrí lo que faltaba.
Una mañana, una fresca y agradable mañana de septiembre, al despertarme y disfrutando un rato más del mediosueño que antecede al momento de levantarse, no escuché lo que escuchaba en mi casa anterior.
Mis oídos se habían acostumbrado a los bocinazos, rugidos de los motores de tres líneas de colectivos, y las puteadas de los autmovilistas que giraban sin sentido en la extraña rotonda que el gobierno de la ciudad había construido bajo mi ventana. Ahora todos esos ruidos estaban ausentes.
En esa mañanita de septiembre, un fresco silencio se matizaba con el canto de algún pájaro y el lejano ladrido de un perro que seguramente reclamaba su desayuno.
Me inquieté cuando noté que mis oídos extrañaban aquel barullo y pensé que tendría que reeducarlos para que gustaran de ese silencio que muchas veces se hace insoportable para el que no está acostumbrado a convivir con él.
Y pensé en el porteño medio, que ya ha naturalizado vivir en el caos de una ciudad turbulenta, histèrica, ruidosa y agresiva. Encima cuando quiere huir de ella por un rato termina embotellado en una ruta que va a la costa o al Tigre.
Por suerte, mis oídos ya están comenzando a disfrutar los atardeceres en el balcón de mi nueva casa. Es que si uno aprende a escuchar, el silencio no es ausencia de ruido, sino música quieta, melodía inmóvil, disfrute sonoro. Y el sonido del silencio es una de las mejores caricias que le podemos dar al alma.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Vos podés
Vos podés
Cortito y clarito
Homenaje de la titiritera Elena Santacruz a los maestros en su día.
http://www.youtube.com/watch? v=h98pPEbkEi0
Cortito y clarito
Homenaje de la titiritera Elena Santacruz a los maestros en su día.
http://www.youtube.com/watch?
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Mi primer 11 de septiembre fuera de la trinchera
Hoy es el primer 11 de septiembre desde hace cuarenta años que no festejo mi día dentro de la trinchera.
El primer festejo lo tuve el 11 de septiembre del 73. Ese día se mezcló la alegría con el gusto amargo del golpe en Chile. Pero yo estaba seguro que acá no iba a pasar. Había vuelto a Perón a solucionar todo y estaba el pueblo en la calle. No iba a pasar. Eso creía.
Hoy he recibido el saludo cariñoso de seres muy queridos.
Hoy me escribió desde España (gracias a la magia de este facebuque) un ex alumno junto al cual y a otros treinta y nueve pibes vimos en el 79, a las siete y media de la mañana, y en el aula del quinto grado, el gol con el que Ramón Díaz selló el campeonato del mundo de juveniles en Japón. Y formamos una montaña humana sobre el piso del aula.
Hoy puse me gusta a muchos maravillosos mensajes de amigos del facebuque sobre nuestro día.
Hoy no pude, pero mañana le voy a dar un beso a mi vieja porque ella me enseñó con el ejemplo que si este laburo no se hace con alegría, no hay vocación que valga.
El primer festejo lo tuve el 11 de septiembre del 73. Ese día se mezcló la alegría con el gusto amargo del golpe en Chile. Pero yo estaba seguro que acá no iba a pasar. Había vuelto a Perón a solucionar todo y estaba el pueblo en la calle. No iba a pasar. Eso creía.
Hoy he recibido el saludo cariñoso de seres muy queridos.
Hoy me escribió desde España (gracias a la magia de este facebuque) un ex alumno junto al cual y a otros treinta y nueve pibes vimos en el 79, a las siete y media de la mañana, y en el aula del quinto grado, el gol con el que Ramón Díaz selló el campeonato del mundo de juveniles en Japón. Y formamos una montaña humana sobre el piso del aula.
Hoy puse me gusta a muchos maravillosos mensajes de amigos del facebuque sobre nuestro día.
Hoy no pude, pero mañana le voy a dar un beso a mi vieja porque ella me enseñó con el ejemplo que si este laburo no se hace con alegría, no hay vocación que valga.
domingo, 25 de agosto de 2013
Pequeña historia de un gran saqueo
En mi pueblo, Arrecifes, había dos canales de televisión locales. ¡Cómo me gustaba verlos! Entre programa y programa pasaban las propagandas del bar de la esquina y la fábrica de soda que estaba al lado de la casa de una tía.
Como había varias compañias de cable cada canal del pueblo les alquilaba los programas que quería o podía.
Pero cuando Cablevisión se quedó con todo alquiló su programación a uno solo de los canales.
Y el otro canal del pueblo tuvo que venderle a precio muy bajo la licencia que había conseguido con mucho trabajo.Y desapareció.
Quedó solamente emitiendo y festejando el otro canal. Claro, tenia que pagar más pero había eliminado a la competencia.
Al tiempo Cablevisión le retiró la programación al único canal que quedaba, quien le vendió la licencia a precio todavía más bajo. Algún mango tenía que salvar. Y desapareció.
Y desde entonces en mi pueblo, que ya es ciudad, el que tiene cable ve más de setenta canales emitidos por una sola compañia. Y en algún tiempo también miraba las tribunas de una cancha de fútbol si no agregaba algunos billetes a la ya elevada suscripción.
Lo que no pude seguir viendo desde que llegó Cablevisión a mi pueblo fueron las propagandas del bar de la esquina o las de la fábrica de soda. Igual no las vería porque el bar ahora es un Restó y la fábrica un Shoping. Así que no se de qué me quejo.
(Nota: esto es parte de lo que se está jugando con la ley de medios. El miércoles, a Tribunales)
Como había varias compañias de cable cada canal del pueblo les alquilaba los programas que quería o podía.
Pero cuando Cablevisión se quedó con todo alquiló su programación a uno solo de los canales.
Y el otro canal del pueblo tuvo que venderle a precio muy bajo la licencia que había conseguido con mucho trabajo.Y desapareció.
Quedó solamente emitiendo y festejando el otro canal. Claro, tenia que pagar más pero había eliminado a la competencia.
Al tiempo Cablevisión le retiró la programación al único canal que quedaba, quien le vendió la licencia a precio todavía más bajo. Algún mango tenía que salvar. Y desapareció.
Y desde entonces en mi pueblo, que ya es ciudad, el que tiene cable ve más de setenta canales emitidos por una sola compañia. Y en algún tiempo también miraba las tribunas de una cancha de fútbol si no agregaba algunos billetes a la ya elevada suscripción.
Lo que no pude seguir viendo desde que llegó Cablevisión a mi pueblo fueron las propagandas del bar de la esquina o las de la fábrica de soda. Igual no las vería porque el bar ahora es un Restó y la fábrica un Shoping. Así que no se de qué me quejo.
(Nota: esto es parte de lo que se está jugando con la ley de medios. El miércoles, a Tribunales)
miércoles, 21 de agosto de 2013
Cárcel Verde
Mediodía de sol.
Tengo un tiempito entre dos trámites que debo realizar en la zona.
Me encuentro de golpe frente al Parque Centenario. Mis ojos se llenan de verde y mis piernas se encaminan hacia su verde césped.
Quince minutos de verde descanso.
Cruzo la calle y recién entonces me encuentro con las verdes rejas. Pregunto donde está la entrada y me indican que debo caminar treinta metros. Lo hago apurando el paso porque apenas tengo quince minutos.
Voy a disfrutar de algo que no hago hace tiempo. Descalzarme, sacarme las medias y dejar que mis plantas disfruten del contacto con la tierra. Alguien me dijo una vez que en la ciudad sufrimos de "cementitis" y que tener un rato por día para tomar contacto con la tierra nos permite que nos libremos de tanto estres. No se si será verdad pero cuando me acuerdo y encuentro algún espacio verde en la ciudad lo practico.
Unas puertas de rejas verdes cerradas me impiden empezar el rito. Me dicen que debo caminar cuarenta metros más y casi troto porque se esfuman mis quince minutos.
No encuentro ninguna puerta, pregunto y medicen que no, que era para el otro lado, porque las puertas de este lado están cerradas.
Corro porque ya solo me quedan cinco minutos y no quiero perderme ese momento de disfrute.
No hay caso, no encuentro la entrada. Ya me alejé mucho y pasaron los quince minutos.
Hace bastante calor y estoy transpirado. Miro la fuente que me ofrece a la distancia su chorro de agua fresca. Veo ese bien cortado césped, esas personas que, por supuesto, han sabido encontrar la entrada. y que van felices caminando por los sinuosos y prolijos senderos.
Llegaré tarde a mi trámite. Seguro que pasó mi número.
Me aferro a las rejas verdes y grito: ¡Guardiaaaaa!.
Me siento un prisionero en una celda verde. El prisionero del lado de afuera.
Tengo un tiempito entre dos trámites que debo realizar en la zona.
Me encuentro de golpe frente al Parque Centenario. Mis ojos se llenan de verde y mis piernas se encaminan hacia su verde césped.
Quince minutos de verde descanso.
Cruzo la calle y recién entonces me encuentro con las verdes rejas. Pregunto donde está la entrada y me indican que debo caminar treinta metros. Lo hago apurando el paso porque apenas tengo quince minutos.
Voy a disfrutar de algo que no hago hace tiempo. Descalzarme, sacarme las medias y dejar que mis plantas disfruten del contacto con la tierra. Alguien me dijo una vez que en la ciudad sufrimos de "cementitis" y que tener un rato por día para tomar contacto con la tierra nos permite que nos libremos de tanto estres. No se si será verdad pero cuando me acuerdo y encuentro algún espacio verde en la ciudad lo practico.
Unas puertas de rejas verdes cerradas me impiden empezar el rito. Me dicen que debo caminar cuarenta metros más y casi troto porque se esfuman mis quince minutos.
No encuentro ninguna puerta, pregunto y medicen que no, que era para el otro lado, porque las puertas de este lado están cerradas.
Corro porque ya solo me quedan cinco minutos y no quiero perderme ese momento de disfrute.
No hay caso, no encuentro la entrada. Ya me alejé mucho y pasaron los quince minutos.
Hace bastante calor y estoy transpirado. Miro la fuente que me ofrece a la distancia su chorro de agua fresca. Veo ese bien cortado césped, esas personas que, por supuesto, han sabido encontrar la entrada. y que van felices caminando por los sinuosos y prolijos senderos.
Llegaré tarde a mi trámite. Seguro que pasó mi número.
Me aferro a las rejas verdes y grito: ¡Guardiaaaaa!.
Me siento un prisionero en una celda verde. El prisionero del lado de afuera.
domingo, 4 de agosto de 2013
Envido. Envido. Falta envido.Treinta y tres de mano. No son buenas.
Las encuestas dicen que al 33 por ciento de los porteños no les importa que este invierno los chicos de oncología del Hospital de niños se hayan quedado sin colonia de vacaciones por "falta de presupuesto".
Las encuestas dicen que al 33 por ciento de los porteños no les importa que desde hace años casi no se nombran ni enfermeras ni médicos en los hospitales públicos.
Las encuestas dicen que al 33 por ciento de los porteños no les importa que solo se hayan terminado dos escuelas primarias públicas en los últimos siete años.
Las encuestas dicen que al 33 por ciento de los porteños no les importa que la metropolitana le pegue a los enfermos mentales, que el espacio verde sea reemplazado por cemento y que a los que duermen en la calle le tiren sus pocas cosas en un camión de basura.
Lo que las encuestan no dicen es que la mayoría de ese 33 por ciento tiene pre-paga, usa el colegio privado, se recrea en clubes o countries, se asusta cuando ve a un morocho mal vestido y está deseando que aumente el subte para no viajar tan apretados.
En esta mano las treinta y tres de la falta no son mejores.
sábado, 20 de julio de 2013
Amistad
La amistad se me ocurre, es un puente
tendido entre caminos paralelos
dos rumbos
atraídos de repente
por un mismo diapasón en sus anhelos.
Un lucero
entre crepúsculos, velando
los misterios que palpitan en la vida.
El calor que nace saboreando
un café en la mesa compartida.
Un amigo es la certeza perentoria
de que hay algo más allá que nos reclama.
El recuerdo que vuelve a la memoria
de las sendas y las dichas olvidadas.
Es el tono fraterno, generoso,
que ignora reprochar, echar en cara,
y prefiere coincidir en el esbozo
de una
historia que espera ser contada.
Amistad es el nido y es el viento.
Un
amigo es el lago y el torrente.
Es la fértil matriz y el nacimiento
de la meta escogida libremente.
De Angel Eugenio Perrone, un amigo.
Para mis amigos.
Para mis amigos.
miércoles, 17 de julio de 2013
El loco por la tele
El tipo era un loco
por la tele. Pero "loco mal", como dicen hoy los jóvenes.
Desde muy chico podía pasarse horas con los ojos fijos en la pantalla. Los problemas empezaron cuando tuvo que ir a la escuela. Pataleaba y gritaba y apenas volvía a su casa se enchufaba en la tele.
Desde muy chico podía pasarse horas con los ojos fijos en la pantalla. Los problemas empezaron cuando tuvo que ir a la escuela. Pataleaba y gritaba y apenas volvía a su casa se enchufaba en la tele.
La cosa empeoró en
la adolescencia cuando se encerraba en su cuarto, salteaba los almuerzos
y las cenas y acumulaba materias para rendir en marzo.
Cuando fue adulto el matrimonio le duró seis meses. El tipo venía del trabajo y comía en silencio mientras su mujer quedaba sosteniendo una conversación con ella misma.
Pasaba los fines de semana mirando todos los deportes. Después le dio por todas las películas. Después por todos los programas científicos.
Cuando fue adulto el matrimonio le duró seis meses. El tipo venía del trabajo y comía en silencio mientras su mujer quedaba sosteniendo una conversación con ella misma.
Pasaba los fines de semana mirando todos los deportes. Después le dio por todas las películas. Después por todos los programas científicos.
En el trabajo esperaba ansioso la hora del almuerzo para ir hasta el
bar de la esquina. Y mientras sus compañeros charlaban sobre fútbol y mujeres el tipo solo quitaba los ojos de la pantalla
para evitar ensartarse un ojo con el
tenedor cargado de ensalada. En su casa nunca apagaba el televisor para no
perder tiempo en prenderlo cuando regresaba del trabajo. La tele era su amiga,
su amante, su interlocutora, su ventana al mundo.
El tipo soñaba con la jubilación. Tachaba en las hojas de un
cuaderno los años que le faltaban para
alcanzar la edad requerida por la ley. El momento supremo donde él y la tele
serían todo el tiempo el uno para el otro.
Y
como todo en la
vida llega, ese momento llegó. Y el tipo se jubiló. Se encerró
definitivamente en su casa y le dedicó la mayor parte del día a ver
televisión. Apenas dormía y apenas comía.
Hasta puso un televisor en el baño. Y sus ojos
soñolientos paseaban por todos los canales que tenía su compañía de
cable, a la
que le pagó el servicio cinco años por anticipado para no perder el
tiempo que le demandaba ir hasta el Pago Fácil del barrio.
El tipo se fanatizó con los noticieros y los programas
políticos aunque ni se dignó salir de su casa para ir a votar en ninguna
elección. Conocía a todos los personajes
de la política argentina y los veía discutir entre ellos en la oscuridad de su cuarto,
únicamente iluminado por los rayos titilantes del aparato.
Y un día de julio
de 2011 el tipo se durmió. Recostado en la cama y en medio de los insultos que dos políticos, un hombre y una mujer, se
propinaban entre sí. En el momento más interesante de las agresiones verbales,
vencido por el sueño, el tipo se durmió.
Y siguió dormido por varios días.
A nadie le extrañó
no verlo porque pocas veces lo habían visto por la calle.
Y siguió dormido
por varias semanas.
Nadie percibió nada
raro porque cuando algún vecino pasaba
por la puerta de su departamento escuchaba el sonido de la tele y se iba sacudiendo
la cabeza y pronto se olvidaba del loco por la tele, como lo llamaban en el
barrio.
Y siguió dormido
por varios meses.
Quizás los rayos
catódicos que había acumulado a lo largo de su existencia lo mantuvieron
saludable e hidratado, roncando apaciblemente mientras en la tele se sucedían
los programas día y noche.
Y dos años después,
en un día de julio de 2013 el tipo se despertó. Todo en su cuarto seguía igual,
la oscuridad, el olor a encierro y la tele prendida justo cuando estaban emitiendo un programa político.
Y ahí estaban frente a sus ojos los dos mismos personajes, un hombre y una mujer, que él creía haber visto hacía solo unos
instantes. Y los vio juntos y amables, echándose alabanzas uno sobre el otro,
sonrientes y amigables recortados por el marco del televisor. Y ahí el tipo creyó
que había enloquecido. Que sesenta y ocho años de sobredosis de televisión le habían afectado la razón.
Y por primera vez
en su vida el tipo apagó la tele. Y quedó en silencio, envuelto por la
oscuridad. Solo unos instantes de profundo vacío de sonido y luz
que nunca había experimentado. Y tomó la
decisión.
Ningún vecino en el
barrio notó su ausencia. Solo se dieron cuenta que se había ido cuando el
departamento se puso en venta. Y no mereció más que un comentario desdeñoso.
Nadie
supo entonces
que el tipo se compró una pequeña casa en La Falda, con las ventanas
mirando hacia las sierras. Y que pasaba las tardes disfrutando el sol,
los arroyos y el
aire cordobés. Y que en su casa nunca hubo un televisor. Y que por las
noches
se daba una panzada de estrellas desde el jardín. Eso sí, siguió
solitario y
aislado los últimos espléndidos doce años
de vida que le tocó vivir. Por
eso nunca supo que el milagro debía agradecérselo a un tipo y una tipa
llamados
Pino y Lilita.
martes, 2 de julio de 2013
domingo, 23 de junio de 2013
Ya no me queda ni Patoruzú.
Fue la historieta compañera de mis viajes en micro, cuando iba de vacaciones a mi querida Arrecifes. Y también cuando volvía. A veces era mensual. Y en algún momento semanal. Era maravillo ir al kiosco y ver que estaba ahí, prendida de un broche en el escaparate.
Ese indio noble y millonario, dueño de media Patagonia y que luchaba siempre por la justicia, defendiendo a los más humildes. Indestructible e ingenuo. Creía en la palabra y a pesar de su fortuna siempre andaba en ojotas, vincha, poncho y boleadora. Su austeridad y generosidad hacían sufrir terriblemente al derrochón de Isidorito.
Siempre creí que era un personaje de ficción. Pero no. Patoruzú existió. Fue originario. Y del sur del país. Fue cacique y millonario.Y fue una mierda de persona. Traidor a su raza, se ofreció a Roca,junto a otro nativo, para servir de guía hacia los lugares donde sus hermanos de sangre se ocultaban. Y así los soldados los encontraban y los masacraban.
Roca, en agradecimiento por los servicios prestados, le regaló una gran extensión de tierra. A él y al otro nativo. Pero fue su compañero quien encontró en sus tierras oro y Patoruzú, fiel a sus principios, lo asesinó y se quedó con todo.
Así se hizo de una fortuna enorme, compró más tierras y fue un estanciero con numerosa prole. Eso sí, nunca renunció a su condición de indio. Nunca visitó la ciudad porque sentía un gran desprecio por el hombre blanco. Se paseaba orgulloso con su poncho y sus ojotas recorriendo sus extensos campos llenos de cosechadores y jornaleros explotados. Y murió de viejo en la comodidad de su estancia.
Juan Gelman contó esta historia y es el culpable que se cayera el último mito de mi infancia. Primero fueron muchos próceres que exaltaban en mi escuela, después muchos santos que endiosaban en mi parroquia. Y ahora nada más ni nada menos que ......el Cacique Patorurú.
Ese indio noble y millonario, dueño de media Patagonia y que luchaba siempre por la justicia, defendiendo a los más humildes. Indestructible e ingenuo. Creía en la palabra y a pesar de su fortuna siempre andaba en ojotas, vincha, poncho y boleadora. Su austeridad y generosidad hacían sufrir terriblemente al derrochón de Isidorito.
Siempre creí que era un personaje de ficción. Pero no. Patoruzú existió. Fue originario. Y del sur del país. Fue cacique y millonario.Y fue una mierda de persona. Traidor a su raza, se ofreció a Roca,junto a otro nativo, para servir de guía hacia los lugares donde sus hermanos de sangre se ocultaban. Y así los soldados los encontraban y los masacraban.
Roca, en agradecimiento por los servicios prestados, le regaló una gran extensión de tierra. A él y al otro nativo. Pero fue su compañero quien encontró en sus tierras oro y Patoruzú, fiel a sus principios, lo asesinó y se quedó con todo.
Así se hizo de una fortuna enorme, compró más tierras y fue un estanciero con numerosa prole. Eso sí, nunca renunció a su condición de indio. Nunca visitó la ciudad porque sentía un gran desprecio por el hombre blanco. Se paseaba orgulloso con su poncho y sus ojotas recorriendo sus extensos campos llenos de cosechadores y jornaleros explotados. Y murió de viejo en la comodidad de su estancia.
Juan Gelman contó esta historia y es el culpable que se cayera el último mito de mi infancia. Primero fueron muchos próceres que exaltaban en mi escuela, después muchos santos que endiosaban en mi parroquia. Y ahora nada más ni nada menos que ......el Cacique Patorurú.
sábado, 15 de junio de 2013
El preguntazo
Si no hacemos la revolución de las preguntas nos van a
tapar con las respuestas.
Todos tenemos respuestas.
Pero los únicos que tienen preguntas son los chicos y los
locos. Y fastidian.
Ayer el peluquero me dijo mientras me rebajaba la patilla: “A la piba la
mató el padrastro”. Y al rato, mientras su vista iba y venía desde mi nuca al
televisor agregó: “El freno no andaba, ponele la firma”. Tenía todas las
respuestas. Y Contundencia.
En la sala de espera de cualquier lugar, en el taxi, en
la puerta de la escuela, en una fiesta familiar, en la reunión de consorcio de
la entrada del edificio, todos tenemos la respuesta, la justa. Y si alguien se
anima a una pregunta le respondemos antes que ponga el signo de interrogación.
Y como todos estamos firmemente agarrados a nuestra respuesta se arman las
discusiones y las peleas. Porque mi respuesta es la verdadera, no hay otra.
La televisión es
la gran constructora de respuestas. Programas llenos de panelistas que afirman,
aseguran y confirman categóricamente aseveraciones de interrogantes que nunca
se han formulado. Pero la actitud y la firmeza de su voz no dejan margen de
duda. Es así.
“Nadie se encierra en una depresión por exceso de preguntas, sino por exceso de respuestas.” (Hernán Casciari) Las preguntas abren posibilidades, te permiten dudar, averiguar, dan más de una opción. El aluvión de respuestas te encierra, te abruma, te limita, te cierra nuevos caminos, te oprime el pecho, no hay nada más que buscar, se acabó.
“Toda la cultura avanza por los interrogantes, cuando se llega a una respuesta se abren mil nuevas preguntas.” (Eduaro Aberbuj) Volvamos a la edad de los por qué. Hagamos el preguntazo.
martes, 11 de junio de 2013
Memorias de un maestro que se fue (2)
Hace cien días me jubilé.
En este tiempo he pensado varias veces en cerrar este
blog.
Porque ya no estoy en la trinchera. Y siempre critiqué a
los que hablan del mundo de la escuela desde afuera. No se puede teorizar
cuando no se está con el traje de amianto (guardapolvo blanco) combatiendo en
la vanguardia. Con más razón cuando en
los últimos años en la Ciudad de Buenos Aires no hay que lidiar solamente con
lo que sucede cada día en las aulas, en los pasillos y en el patio de la
escuela, sino con un Gobierno porteño que ataca a cara descubierta a la
educación pública.
Pero bueno, ya decidiré que hago con este blog. Por ahora
sigo con algunas memorias de un maestro que se fue:
Desde el primer día que fui maestro supe que iba a
transcurrir toda mi vida laboral en las escuelas. Pero no podía racionalizar por
qué. Era mi lugar en el mundo laboral.
¿Por qué? No lo sabía. Lo sentía. Lo vivía. Lo
disfrutaba. Lo sufría.
Ahora sé por qué. Justo cuando no estoy en el día a día caigo en la cuenta. Porque quería ser un expendedor de combustible. Sí, aunque suene raro.
La escuela fue para mí una estación de servicio y yo despaché una especie de
nafta especial a través de cuarenta años.
Lo supe el otro día cuando leí a Fabián Casas. Este autor escribió:
“La infancia es esa época de la vida en la que una persona carga
el combustible que va a tener que usar hasta que se muera”.
Por eso a la escuela hay que cuidarla tanto. El
combustible que ofrece a sus alumnos es
indispensable pero también inflamable. Y si se la sigue bombardeando puede
volar por los aires. Y los trajes de amianto que llevan las maestras y los
maestros no son a prueba de maltrato.
Hace cien días me jubilé de expendedor de combustible. Ahora estoy construyendo un nuevo surtidor conocido por mí: lleno de
títeres, cuentos, teatro y poesía. Para seguir ayudando a que los chicos continúen almacenando la energía que van a necesitar
durante el resto de su vida. Y para que yo lo siga disfrutando.
sábado, 18 de mayo de 2013
El día en que Dios conoció el miedo
Cuando era chico, en
catequesis, me hablaban sobre el Juicio Final. El día en que todos deberíamos
comparecer ante el Tribunal de Dios para dar cuentas de nuestros actos y
escuchar el veredicto: Paraíso o Infierno. Y yo me asustaba.
Ahora me asustan otras
cosas pero por un momento quise volver a creer en ese Juicio Celestial para
imaginarme como hubiera sido el momento en que Videla se encontró con Dios. Y
esto fue lo que resultó.
Y se encontraron. Cara a
cara. El Viejo Barbado y el Flaco Cadavérico. Los dos bien erguidos. Mirándose.
El Flaco Cadavérico no
bajó la vista.
El Viejo Barbado se le
metió por los ojos, y no encontró nada. Solo quería que el trámite fuera lo más
corto posible.
- - Te condeno al Infierno por toda la Eternidad- dijo Dios.
- - No acepto la competencia de este Tribunal- dijo Videla-. Solo Dios me puede juzgar.
- - Yo soy Dios- dijo Dios.
- - No – dijo Videla-. Dios soy yo.
Y solo el silencio
siguió al silencio después de tanto silencio.
El Viejo Barbado tenía
frío, y supo que ese frío lo traía encima el Flaco Cadavérico. Y era un frío sin viento, un frío sin hielo,
un frío sin nieve, un frío sin invierno. Era un frío…sin nada.
Miró hacia el Infierno
de Dante y recorrió con la vista los nueve círculos. ¿En cuál alojaría al Flaco
Cadavérico? Desandó con la mirada los nueve círculos y sacudiendo la cabeza
sentenció:
- No puedo mandarte al primer círculo porque allí van los
no bautizados. Y tú has sido ritualmente introducido a la Iglesia Católica, una
de las tantas creencias que me son devotas.
- No puedo mandarte ni al segundo, ni al tercero, ni al
cuarto ni al quinto círculos porque allí
van los lujuriosos, los golosos, los avaros o despilfarradores, los perezosos y
los iracundos. Y tú jamás te has entregado a ninguno de estos pecados capitales. Nunca te has dejado
arrebatar por las pasiones. Nunca se te ha visto fuera de ti.
- No puedo mandarte al sexto círculo porque allí están los herejes y tú siempre has manifestado la más alta adhesión a tu fe católica.
- Ni siquiera puede ubicarte en el séptimo círculo donde
van los violentos porque los delitos por los cuales te han condenado los
hombres muestran que nunca has matado, violado, robado, secuestrado o
desaparecido por tu mano. No apretaste ningún gatillo. Tus oídos no escucharon
el grito desgarrador de los torturados. Tu impecable uniforme nunca se manchó
con la sangre de los fusilados.
- Tampoco puedo ubicarte en el octavo círculo donde van los
corruptos porque tu vida fue austera. No guardaste para ti nada de tus víctimas.
- Y quedas afuera
también del último círculo, el noveno, el de los traidores, porque
fuiste obstinadamente consecuente con tus ideas.
El Viejo Barbado se
sintió cansado. El frío era cada vez más
intenso. Miró al Flaco Cadavérico y no vio un movimiento, un gesto, solo se
movían imperceptiblemente esos ojos desafiantes
Decidió terminar ya
mismo con este asunto. Cosas más importante esperaban su atención. Tomó coraje,
aclaró su voz y tronó:
- No puedo mandarte a ninguno de los círculos, ni aún a los
más profundos porque no perteneces a ninguno. Por eso, por toda la Autoridad
que me he conferido desde el Principio de los Tiempos, te condeno….. a seguir
muerto
- Mira el infierno de Dante. Todas esas almas que sufren
los más grandes padecimientos y terribles castigos tienen una sola esperanza, que el día del Juicio
Final, cuando justos e injustos resuciten entre los muertos, tengan una
posibilidad entre un millón de que los alcance mi Infinita Misericordia.
- Tú no podrás tener esa oportunidad. Estabas muerto cuando
te sorprendió la Muerte y seguirás muerto por los Tiempos de los Tiempos.
Dios, el Viejo Barbado, sintió
que una corriente cálida lo envolvía.
Levantó la vista y ya no vio al Flaco Esquelético. Respiró aliviado. Grabó en
su Mente la fecha: 17 de mayo de 2013. Nunca olvidaría ese día en que, El, Dios, conoció el miedo.
viernes, 17 de mayo de 2013
La muerte de un canalla de Mario Benedetti
SE MURIO EN LA CARCEL, SE
CUMPLIO LA CONSIGNA: JUICIO Y CASTIGO
Ahora Benedetti dice:
LA
MUERTE DE UN CANALLA
"Los canallas viven mucho,
pero a veces se mueren".
Vamos a festejarlo
Vengan todos
Los inocentes
los damnificados
los que gritan de noche
los que sueñan de día
los que sufren el cuerpo
los que alojan fantasmas
los que pisan descalzos
los que blasfeman y arden
los pobres congelados
los que quieren a alguien
los que nunca se olvidan
Vamos a festejarlo
Vengan todos
el canalla se ha muerto
se acabó el alma negra
El ladrón
El cochino
se acabó para siempre
hurra que vengan todos
Vamos a festejarlo
a no decir
La muerte
Siempre lo borra todo
Todo lo purifica
Cualquier día
La muerte no borra nada
Quedan Siempre las cicatrices
Hurra
murió el cretino
Vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas
se acabó el monstruo prócer
se acabó para siempre
Vamos a festejarlo
a no ponernos tibios
a no creer que éste es un muerto cualquiera
Vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto de mierda
Vamos a festejarlo
Vengan todos
Los inocentes
los damnificados
los que gritan de noche
los que sueñan de día
los que sufren el cuerpo
los que alojan fantasmas
los que pisan descalzos
los que blasfeman y arden
los pobres congelados
los que quieren a alguien
los que nunca se olvidan
Vamos a festejarlo
Vengan todos
el canalla se ha muerto
se acabó el alma negra
El ladrón
El cochino
se acabó para siempre
hurra que vengan todos
Vamos a festejarlo
a no decir
La muerte
Siempre lo borra todo
Todo lo purifica
Cualquier día
La muerte no borra nada
Quedan Siempre las cicatrices
Hurra
murió el cretino
Vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas
se acabó el monstruo prócer
se acabó para siempre
Vamos a festejarlo
a no ponernos tibios
a no creer que éste es un muerto cualquiera
Vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto de mierda
Mario
Benedetti
jueves, 2 de mayo de 2013
El Capitán Mediavista en la Feria del Libro
Podés encontrarlo en el stand de SM - Barco de Vapor-
Miércoles 8 de mayo a las 17 hs.
Lunes 13 de mayo a las 16 hs.
Dos aventuras de la trilogía
1- El Capitán Mediavista en la Isla de los Cangrejos Muertos
2- El Capitán Mediavista y el Tesoro de la Verde Esmeralda
Juan Pedro Mc Loughlin firmará ejemplares
Podés encontrarlo en el stand de SM - Barco de Vapor-
Miércoles 8 de mayo a las 17 hs.
Lunes 13 de mayo a las 16 hs.
Dos aventuras de la trilogía
1- El Capitán Mediavista en la Isla de los Cangrejos Muertos
2- El Capitán Mediavista y el Tesoro de la Verde Esmeralda
Juan Pedro Mc Loughlin firmará ejemplares
martes, 16 de abril de 2013
Ya viene navegando el Capitán Mediavista
Mediavista hoy zarpó de Puerto Perdido y el martes llega a las costas de la 19 del 9. Allí te espera.
Capitán Mediavista y el tesoro de la Verde Esmeralda
de Juan Pedro Mc Loughlin
(segundo libro de
la trilogía)
Editorial SM (Barco
de Vapor)
Con la presencia
del mismísimo Capitán recién llegado desde Puerto Perdido
Se venderán y
firmarán ejemplares del autor
cuentaescribecuentos.blogspot.com
Escuela
Prov. del Chubut (Esc19DE9),23 de Abril,18 hs, Humboldt 742.
martes, 9 de abril de 2013
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